dimecres, 28 de març de 2012

Gracias, Colo!

Les dues darreres entrades de la meva amiga Colo de Buceando en mi, Silencio y Compañía para una lactancia prolongada m'han fet pensar en aquest fragment del llibre El alma del indio de Ch. A. Eastman (Ohiyesa), el qual vull dedicar-li pel bé que sempre em fan les seves reflexions i les seves paraules, tan tendres, instintives i sàvies. 


El indio era un hombre religioso desde el vientre de su madre. A partir del momento en que ésta reconocía el hecho de la concepción y hasta el final del segundo año de vida, que era la duración habitual de la lactancia, la influencia espiritual de la madre era, según nuestra creencia, de la mayor importancia. Su actitud y sus meditaciones secretas han de ser tales que infundan en el alma receptiva del niño no nacido el amor al "Gran Misterio" y un sentimiento de hermandad con toda la creación. El silencio y el aislamiento son la regla de vida de la mujer embarazada. Pasea piadosamente en la quietud de los grandes bosques, o en el seno de la pradera no hollada, y para su espíritu poético el nacimiento inmanente de su hijo prefigura el advenimiento de una persona insigne -un héroe o una madre de héroes-, un pensamiento concebido en el seno virgen de la naturaleza primordial y soñado en un silencio que sólo es roto por el suspiro del pino o la conmovedora orquesta de una cascada distante. 
Y cuando el día más trascendental de su vida empieza -el día en que va a haber una nueva vida, el milagro de cuya formación le ha sido confiado-, ella no busca ninguna clase de ayuda humana. Ha sido entrenada y preparada en cuerpo y alma para este su deber más sagrado durante toda su vida. Es mejor enfrentarse sola a la prueba, en un lugar donde no haya ojos curiosos o compasivos que la turben, donde toda la naturaleza diga a su espíritu: "¡Es el amor! ¡Es el amor! ¡El cumplimiento de la vida!". Cuando una voz sagrada le llega surgida del silencio y un par de ojos se abren ante ella en medio de la soledad, ella sabe con alegría que ha ejecutado bien su parte en el gran canto de la creación.
Al cabo de poco regresa al campamento, llevando consigo el misterioso, santo y queridísimo bultito. Siente su calidez cautivadora y oye su suave respiración. Todavía es una parte de ella, ya que ambos se nutren del mismo bocado, y ninguna mirada de amante podría ser más dulce que su mirada fija, profunda y confiada.
La madre continúa su enseñanza espiritual, primero silenciosamente -un mero señalar la naturaleza con el dedo-; después unas canciones susurradas, como las de los pájaros, por la mañana y por la noche. Para ella y para el niñ@ los pájaros son verdaderas personas, que viven muy cerca del "Gran Misterio"; los árboles murmurantes expresan Su presencia; las aguas que caen cantan Sus alabanzas.
Si el niñ@ alguna vez está inquieto, la madre levanta la mano. "¡Silencio, silencio!" -le amonesta tiernamente- "¡podrías molestar a los espíritus!". Le pide que se esté quieto y escuche -que escuche la voz plateada del álamo, o los címbalos entrechocantes del abedul-; y por la noche señala el camino marcado en el cielo, al Dios de la naturaleza a través de la galaxia de esplendor de la naturaleza. Silencio, amor, reverencia: ésta es la trinidad de las primeras lecciones; y más adelante les añade la generosidad, el valor y la castidad.
En los viejos tiempos, nuestras madres se consagraban por entero a la responsabilidad que recibían; y, como solía decir un célebre jefe de nuestro pueblo: "Los hombres pueden matarse unos a otros, pero nunca pueden vencer a la mujer, porque en la quietud de su regazo está el niño. Podéis matarlo una y otra vez, pero el vuelve a surgir de este mismo regazo- un don del Gran Dios a la raza, en el que el hombre es tan sólo un cómplice".
Esta madre salvaje no sólo posee como guía la experiencia de su madre y su abuela y las reglas aceptadas de su pueblo, sino que también trata humildemente de aprender una lección de las hormigas, las abejas, las arañas, los castores y los tejones. Estudia la vida familiar de los pájaros, tan exquisita en su intensidad emocional y su paciente devoción, hasta que le parece sentir el corazón maternal universal latiendo en su propio pecho. A su debido tiempo, el niñ@ adopta espontáneamente la actitud de la oración y habla con reverencia de los Poderes. Piensa que él es un herman@ carnal de todos los seres vivientes, y el viento de la tormenta es para él un mensajero del "Gran Misterio"

Pachamama

Colo, agradezco de corazón haberte encontrado en mi camino!
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